Entrevistas

Sábato y Roa Bastos contra viento y marea

Sábato y Roa Bastos contra viento y marea César González Páez – 1998 Ernesto Sábato y Augusto Roa Bastos son dos de los escritores latinoamericanos más importantes del siglo. Reunidos en Asunción buscaron obsesiones compartidas: el poder, la literatura, las mujeres. Se asomaron, perplejos, a las tripas de Internet. Y hasta opinaron sobre el futbolista Chilavert. En las calles de Asunción, el aire del invierno sabe a primavera. El aroma de los árboles es visible y el ruido de las calles se agarra. Paraguay tiene historia tempestuosa y clima apacible. Si no fuera así, Roa no hubiera escrito Yo El Supremo, libro lleno de las pesadumbres del poder. Pero es un libro amigo de otro libro, Sobre héroes y tumbas, que destila vendavales de locura y esperanza. Sus autores toman su herramienta, la palabra, y hablan contra viento y marea. Con 87 años, Sábato voló a Asunción por primera vez en su vida. Y fue feliz cuando vio llegar a la cita a su amigo, a quien conoció en Buenos Aires, durante alguno de los 22 años que este pasó en esa ciudad a causa de su larga huida del exdictador Alfredo Stroessner, quien durante décadas llenó Paraguay de oscuridades. Después de casi tres años de no verse, los dos ganadores, en la década de los ochenta, del Premio Cervantes –el más importante para los escritores de habla hispana–, escritores públicos y de combate, hablaron de esas luchas que los hicieron famosos, y de ideas, y de pasiones. Roa: Me une a Sábato, el interés por la condición humana, sus misterios, su comprensión. Es lo que me gusta de sus libros, de él. Sábato: Yo me siento de la misma raza que Roa, preocupado por su pueblo y su historia. – Parece que también los une la costumbre de quemar muchos de sus escritos. Sábato: Yo soy un gran piromaniaco. Me encanta el fuego. Un escritor tiene que quemar gran parte de su obra. Las cosas que no quemé fue porque mi mujer me frenó, y lo que publiqué también fue por amor a ella. Roa: El fuego es purificador. No sé porqué un escritor quema sus escritos, pero yo lo he hecho… – ¿Cómo ven el momento histórico de sus países? Roa: Es un momento de transición. Por eso, a pesar de estar ingresando lentamente a la era moderna, todavía somos países primitivos. Las estadísticas hablan de nuestra relación con los centros de poder mundial, donde el gran poderoso, Estados Unidos, empuja hacia un determinado lugar. Tal es el caso de Inglaterra en el pasado, el país que propuso la guerra de la Triple Alianza –donde intervinieron la Argentina y el Paraguay–. Esa guerra fue producto del imperialismo inglés y, a ese imperialismo, los pueblos latinoamericanos deberíamos contestar con humanismo. Ese poder fue la fuerza que empujó la opresión y el atraso de nuestro pueblo. Mientras hablan gesticulan como si tuvieran 20 años, abren grande los ojos, se elogian. No se ocultan el afecto. Roa Bastos se acerca a abrazar a su amigo. “Ernesto representa la dignidad de la inteligencia y de la conducta humana, y eso, en nuestros países, que han sido oprimidos por regímenes fuertes, es algo muy difícil”, dice el paraguayo, que muy pocas veces resistió la tentación de quedarse callado. Sábato: Luché por los trabajadores, por la gente que está mal, por la pobre gente. Fui y soy un reaccionario, un reaccionario de izquierda, porque siempre defendí la justicia social. A Roa Bastos no le gustan las fotos, y, aunque pacientemente soporta el relampagueo de los flashes, no deja de señalar el hecho de que algo lo incomoda cuando las lentes capturan su mirada. “Debe ser por mi ascendencia indígena, que siento que me roban el alma”. El fotógrafo pide un abrazo entre ellos y Sábato avisa: “Che, aclaro que nos gustan las mujeres”. Ríen. Parecen dos compañeros de colegio. “La memoria no recuerda el miedo”, escribió Roa en Yo El Supremo. “Se ha transformado en miedo ella misma”. Publicada en 1974, la novela recrea –entre ficciones y detalles históricos rigurosos– la figura del doctor Gaspar de Francia, también conocido como “supremo dictador perpetuo del Paraguay”. La memoria es el miedo, y el miedo es memoria. Pero la memoria es también una ventana, una apertura al saber. Horas antes de su encuentro con Roa Bastos, Sábato se sometió a una conferencia de prensa en la que brindó una muestra exacta de su carácter. Enfrentó las preguntas con zarpas en la lengua. Un periodista insistía en las virtudes de la modernidad y la tecnología. La réplica fue un clásico sabatiano: “¿Cómo voy a propiciar esa tecnología, que está imbecilizando a las tres cuartas partes del mundo?”, contestó visiblemente fastidiado. “Yo me rebelo contra eso. La tecnología da riqueza y poder a los que manejan el mundo y tienen grandes autos y yates. Yo he luchado siempre por la gente común, para que las pobres gentes sean consideradas seres humanos”. Cuenta la leyenda que una vez los de una editorial le mandaron una computadora de regalo y él la mandó de vuelta. “Yo soy a la antigua”, sentencia Sábato, y continúa: “La ciencia trajo grandes calamidades. Es una horrible filosofía que sitúa a la técnica sobre la humanidad. Pero, ojo, lo digo con autoridad y no porque sea un resentido de las ciencias: he enseñado Física y Matemáticas y si las abandoné es porque no valoran al hombre de carne y hueso, son peligrosas”. Sábato no se anda con formalismos. “Como todos sabrán”, insistió en la conferencia de prensa, “yo no tolero dictaduras, ni de derecha ni de izquierda, porque todas son malas”. Luego se explayó sobre las bondades de la democracia: “A la democracia hay que cuidarla para que se fortalezca porque es el mejor régimen. Creo que no me equivoqué al venir al Paraguay, escucho a la gente y compruebo que las cosas están cambiando”. Entre declaraciones, homenajes y recuerdos conjuntos con Roa Bastos, Sábato se hizo tiempo para pasear. Elvira, su asistente, le

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