Caja de Letras

Un lugar donde el tiempo se detiene y donde el legado cultural sigue viviendo, más allá de las fronteras y los años

Mi padre solía decir que sus exilios se podían contar a través de las bibliotecas perdidas.

Mirta Roa

Gracias al doctor García Montero, a Martín López Vega y a todo el equipo del Instituto, al embajador Justo Apodaca, a los miembros de la Misión, a los amigos que engalanan este acto y especialmente a nuestros queridos Sergio Ramírez, quien nos acompañó en el Centenario de Augusto Roa Bastos en Paraguay, y a Francisco Tovar Blanco, gran amigo de mi padre, estudioso de su obra y también mi amigo.

Es un honor y un privilegio estar hoy aquí, representando a la familia y a la Fundación Augusto Roa Bastos, para dejar en esta Caja de las Letras un fragmento del legado de mi padre. Este espacio, esta bóveda de tesoros culturales, no es solo un lugar físico, sino una verdadera cápsula de tiempo y memoria. Es un refugio donde las historias, los pensamientos y las emociones de grandes autores perduran para siempre. Depositar algo aquí es como garantizar que esas huellas no desaparezcan, que sigan hablando a las generaciones futuras.

Mi padre solía decir que sus exilios se podían contar a través de las bibliotecas perdidas.

Hace unos años, en plena pandemia, dos jóvenes, Gastón Ruiz y Celina Brittez, encontraron estos libros en un contenedor de basura en Chapadmalal, al sur de la provincia de Buenos Aires. Allí, entre los restos olvidados de tantas vidas, estaban estos libros que mi hermano Carlos y yo trasladamos de la biblioteca de la casa paterna, que debíamos vender, a un pequeño departamento en Buenos Aires. Mi padre ya estaba en Francia, como profesor de Literatura Latinoamericana y Lengua Guaraní, y nosotros, viviendo en Venezuela, nos llevamos a nuestra madre y nunca imaginamos que esos libros seguirían un destino tan incierto. Pensamos que papá volvería, los exiliados siempre piensan que van a regresar, y encontraría sus libros, pero nunca volvió a Buenos Aires.

Durante casi 40 años, estos libros vagaron por distintas ciudades, hasta que fueron descubiertos por Gastón y Celina. Ellos, impregnados del poder de esa literatura, sintieron que no podían quedarse con algo tan valioso solo para ellos. Después de tenerlos en su poder durante casi tres años, decidieron que esos libros debían volver a nuestra familia. Este acto generoso, casi mágico, nos devolvió una parte de mi padre casi como en un cuento escrito por su prolífica imaginación.

Así llegaron los libros que más había estudiado Roa cuando elaboró esa obra monumental llamada Yo el Supremo, con sus marcas, sus subrayados, libros que hoy son visitados por críticos buscando en ellos la genealogía de la escritura de Roa.

Hemos escogido tres obras de ese tesoro recuperado, dedicados a Roa por sus autores, Gabriel Casaccia, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes. Libros de la época de oro de la literatura latinoamericana, de amigos, de tertulianos. Este lugar, que atesora la esencia de tantos grandes, será ahora el guardián de esta parte tan íntima de la vida y obra de Roa Bastos.

Es simbólico que estos tres libros formen parte ahora de este legado que no tendrá fecha de caducidad porque aspiramos a que, de tanto en tanto, el Instituto Cervantes lo haga parte de las exhibiciones periódicas que realiza.

Ha sido difícil decidir qué traer para depositar aquí. Después de mucha reflexión, optamos por una carta que le escribió a su padre, en la que le cuenta sobre su vida, sus éxitos y sus luchas cotidianas. Esta carta refleja su esencia no solo como escritor, sino también como hijo, amigo y confidente. Le cuenta de su novela Hijo de Hombre, el éxito que ha tenido la edición y luego la película, conocida en España como LA SED y que obtuvo el premio a la mejor película en el festival de San Sebastián.

 Acompañando a esta carta, he decidido dejar una que mi padre me envió, como padre afectuoso y amigo cercano, preocupado por mis circunstancias.

Estos objetos emotivos y significativos, son un recordatorio del poder de las ideas, los libros y la memoria.

La Caja de las Letras es, sin duda, un lugar donde el tiempo se detiene y donde el legado cultural sigue viviendo, más allá de las fronteras y los años.

A todos los presentes, muchas gracias por acompañarnos en este momento tan significativo para nuestra familia. Gracias por ser testigos de cómo el pasado, una vez más, se reencuentra con el presente y el futuro.

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