VICTORIA VERNICHAK
AUGUSTO ROA BASTOS , EL GRAN NOVELISTA QUE NOS VISITA
Pensando el poder
Viene a presentar el final de su trilogía, dedicada a un asunto que es su obsesión: el poder, monolítico y absoluto, que lo llevó al exilio y al peligro.
El paraguayo Augusto Roa Bastos (76) dedicó más de 30 años de su vida a pensar y escribir sobre el “monoteísmo del poder”. “Una expresión que pertenece a Nietzsche pero creo que aún hoy define muy bien la esencia del absolutismo del poder”, dijo a NOTICIAS desde el hotel Guaraní, en Asunción del Paraguay, días antes de llegar a Buenos Aires, el lugar que lo marcó, definitivamente, a lo largo de su fecunda vida y en donde presentará el próximo 14 de octubre su última novela El fiscal, editada por Sudamericana. Sus meditaciones sobre el poder recorren una geografía y una historia que, aunque concretas, sirven de símbolo de las miserables ambiciones y de la dinámica disparada por algunos “elegidos” en otras latitudes.
Su previo paso de más de un mes por el algo más libre Paraguay de hoy no obedece a honor ni protocolo alguno. Fue a trabajar. El escritor, que vive en Francia, está profundamente comprometido con el arduo camino hacia la democratización de su país natal e impulsa allí un programa de edición y difusión de libros para la niñez y la juventud.
Cuando en 1989 se hizo acreedor del prestigioso Premio Cervantes de Literatura, con los más de u$s 100.000 recibidos de manos del rey de España, Roa Bastos instituyó Fundalibros Cervantes que nuclea más de 300 clubes de estudiantes y provee libros, material audiovisual e imprentas a miles de escuelas. Cuando comenzó este proyecto, que cuenta con el patrocinio de las Naciones Unidas, encargó una encuesta que confirmó que la cantidad de lectores de literatura se mantiene igual desde hace cincuenta años. Esto ocurre en un país que tiene una cultura totalmente oral y que, según sus palabras, llegó un siglo más tarde a la escritura de la novela.
El sobresaliente e internacionalmente consagrado autor de novelas, cuentos, poesías, guiones cinematográficos y obras de teatro, que alguna vez fue cantor, es, además, un destacado periodista y catedrático. Shumko, Alias Fardelito, Don Segundo Sombra son sus guiones más representativos.
Pero, por sobre todo, su lírica e íntima narrativa en torno del “monoteísmo del poder” le ha valido la presencia y el alto lugar que hoy ostenta en las letras del continente. El fiscal, junto a Hijo de hombre (1960) y Yo El Supremo (1974), forma parte de la trilogía que reflexiona sobre el embriagante poder que sedujo a xxxx déspota.
La obra central del escritor, crecido en el campesino pueblito de Iturbe, está más vigente que nunca en estos tiempos en que huracanados vientos de cambio recorren el mundo y pueblos enteros convertidos en fiscales destronan a los poderosos mientras hay -¿y habrá siempre?- quienes se encaprichan en retener lo que solo pertenece a todos.
“El despotismo es siempre unipersonal cuando un falso líder –casi siempre mediocre y paranoico– logra poner al servicio de sus intereses personales el poder del Estado. No hay tirano que no surja sentado sobre las bayonetas y haciendo tabla rasa de los derechos humanos, naturales y sociales”, afirmó firme pero gentilmente.
La vida y obra del escritor son paradigmáticas del ejercicio de muchos intelectuales latinoamericanos. En este caso, Roa Bastos piensa y escribe alejado de lo panfletario y cercano de la libertad y las preocupaciones sociales y culturales de la sociedad que lo vio nacer.
Roa Bastos fue perseguido por el régimen de Alfredo Stroessner a lo largo de las décadas y debió exiliarse en la Argentina en 1947, donde vivió y trabajó durante casi 30 años, hasta partir hacia Francia ante el advenimiento de la última dictadura militar en 1976. Desde entonces, regresó a la crucial Buenos Aires varias veces de visita, siempre agradeciendo a la ciudad en donde sobrevivió, fue feliz y aprendió “de golpe el sentido de la vida, de mi vida”.
“Traté de hacer de mi largo exilio un proceso interior de aprendizaje, casi iniciático –dijo con franqueza–. En esta nueva nación del mundo, el exilio fue una valiosa experiencia, la mayor quizá de toda mi vida, la más positiva: me encontré a mí mismo”.
El año pasado vino a su amada Buenos Aires –“aquí empecé a escribir, aquí hice mi obra… siento de verdad que soy un hombre de Buenos Aires por adopción”– para presentar Vigilia del almirante, la narración “ahistórica, acaso antihistórica” del mítico viaje de Colón a América.
La maravillosa novela del Almirante, publicada después de dieciocho años de silencio, fue inesperada. Todos aguardaban la aparición de El fiscal que, por fin, vio la luz ahora luego de padecer mutaciones radicales. La historia del legendario Almirante y su descomunal aventura fue aclamada y confirmó que “la novela está más viva que nunca a pesar de todas las predicciones que se hicieron sobre su fin”.
A nivel personal tampoco está todo escrito. Actualmente vive en Toulouse con su mujer Iris, hija de exiliados españoles, y sus tres hijos más pequeños –es padre de tres hijos más de otros dos matrimonios anteriores– que ya tienen la vida armada allá pero Roa intuye que aún tiene un final destino argentino. Ricardo Piglia considera a Roa “también un escritor argentino”, parte de una tribu, junto a Hudson, Gombrowicz.
Aunque sus novelas están repletas de datos políticos e históricos, el factor dominante en ellas es “el hombre, el ser humano, naturalmente. La política es solo un emergente del hombre en sociedad, generalmente espurio y nocivo –afirmó sin dudar un instante–. Mi infancia transcurrió en el campo. No oí hablar de política hasta mi juventud en la capital, Asunción. Y entonces la política se me presentó como una alucinada aberración”, confesó el que hasta hace poco fuera profesor de Literatura latinoamericana del departamento de Español de la Universidad de Toulouse, Francia.
En los últimos años, el relevante intelectual ha sido tentado con varios ofrecimientos políticos –senador, embajador en la UNESCO– pero los rechazó todos. “Si acaso, mi militancia es con la literatura… pero nunca llegué a ser un escritor profesional… mi rol es el de un trabajador cultural”, enfatizó.
Su distancia con el ejercicio de la política no lo aleja de las circunstancias históricas y sociales de su pueblo. Por el contrario, su literatura las ha realizado al retratarlas con rigor exhaustivo. Los críticos coinciden en que su obra narrativa escrita en el exilio es, por sobre todo, profundamente tierna y humana.
“El escenario paraguayo es solamente el lugar imaginario de temas que pretenden ser universales. A partir de esa realidad en que están anclados mis raíces parto a la búsqueda de lo real desconocido, único realismo que practico, más allá de toda complacencia hacia el color local, el pintoresquismo, rasgos de los que abomino”, dijo, consciente de que la realidad latinoamericana es distinta de la de Europa pero queriéndonos separar del aluvión que acude al bastardeado y agotador -¿agotado?- realismo mágico.
En un ensayo acerca de la obra de Roa Bastos, la especialista en Literatura hispanoamericana, la norteamericana Jean Franco, destacó que aunque las novelas estaban pegadas a la “realidad” no son de “protesta”, la crudeza y la crueldad de los hechos que describen no están asociadas a un realismo prosaico sino que están mitigadas por el lirismo del estilo que deriva, en cierta medida, del uso que hace de palabras indias y del ritmo de las lenguas indígenas.
Las definiciones que, mejor que nadie, el propio Roa Bastos esbozó sobre la trilogía del poder acercan a un primer plano las cuestiones medulares que proponen. “En Hijo de hombre, el ser humano como hijo de sus obras; o la imposibilidad de la redención humana en la dimensión teológica o religiosa. Los integrismos de todo cariz creo que lo están demostrando con trágica contundencia”. La historia recorre cien años de resistencia paraguaya al poder, desde mediados del siglo XIX hasta la Guerra del Chaco. Pero no se trata de una cronología del desarrollo del drama nacional. Es la lucha de un pueblo contra una dictadura, una rebelión simbolizada en un Cristo tallado por un leproso y un tren que se mueve, progresa.
En Yo El Supremo, el narrador plantea la “imposibilidad de lo absoluto por la relatividad misma del ser humano, la cual desemboca siempre en la aberración del despotismo”. A través de distintos elementos narrativos, Roa intenta una autocrítica sobre “el poder de la escritura como mito ideologizado de la escritura del Poder Absoluto”.
En El fiscal, Roa Bastos abre la puerta a la esperanza, a “la posibilidad de que el poder del amor triunfe sobre el poder de la violencia y la violencia del despotismo”. El fiscal tiene dos historias. La novela ya estaba escrita antes de la caída de Stroessner, pero entonces “quedó fuera de lugar y tuvo que ser destruida… Esas cenizas resultaron fértiles. En cuatro meses, una versión totalmente diferente surgió de esos cambios”. Europa y América son los escenarios alternativos de este relato en donde, a pesar de todo, el amor vence.
El ánimo que guió al escritor a la apertura a las nuevas posibilidades que inaugura el libro final de la trilogía, no excluye una mirada sobre la atracción maligna que suscita el poder sobre las masas. “Creo que se asemeja bastante a la fascinación de lo monstruoso, de lo que supera y destruye la racionalidad en la naturaleza humana sometiéndola a su dictado implacable”.
Los cambios históricos producidos en el mundo derribaron muros, cambiaron sistemas, desterraron tiranías. ¿Al escritor se le cayó alguna estantería? “Sí, se me cayeron algunas estanterías, entre ellas la pérdida de fe en la literatura, en plena hiperinflación, al convertirse en mercancía en la economía de mercado. Tardé veinte años en recobrar no esa fe perdida pero convertida en una actividad en cierto modo expiatoria, pues el hombre, como novelista, siente más que otros la miserable condición de nuestra naturaleza humana: la de la especie más feroz que existe sobre la Tierra.”
Reflexiones: cuentos, poemas y otras joyas
Editora: Dra. Priscilla Gac-Artigas
